La sombra del desgaste y el retorno del «Carpincho»: cuando el poder sepulta las ideologías y somete a los partidos a un solo conductor

En Corrientes, la política no se explica por compendios teóricos ni por debates ideológicos de alta densidad. La historia reciente de la provincia enseña que los dogmas abstractos se evaporan en el instante exacto en que se abren las listas de candidatos. Aquí la ideología jamás ha sido la causa de las grandes rupturas ni el argamasa de las alianzas: la verdadera doctrina que rige el mapa político provincial es la distribución de casilleros, la delimitación de feudos y la disputa feroz por las cuotas de poder en cada turno electoral. Las banderas mutan, las proclamas se adaptan al viento de turno y las lealtades se reconfiguran con un utilitarismo quirúrgico según quién conserve el sello, la firma, el presupuesto y la birome para repartir los cargos.

La intervención de 1999 a la fecha

Para comprender lo actual, es imprescindible mirar el mapa trazado durante los últimos 26 años. Corrientes emergió del abismo político, social y financiero tras la traumática intervención federal de 1999. En ese contexto de colapso, el radicalismo reestructuró la gobernabilidad bajo una lógica transversal: una ingeniería de coaliciones móviles diseñada para acumular poder territorial antes que coherencia dogmática.

El gran arquitecto de ese esquema fue Ricardo Colombi, el «Carpincho». Fue él quien tejió las redes para unificar a sectores conservadores, independientes y peronistas desencantados, devolviendo al radicalismo el sillón de Ferré y consolidando un modelo de permanencia ininterrumpida. Sin embargo, la historia correntina pronto demostrase cómo el reparto de poder por sobre las ideas genera sus propias fracturas:

La trampa de la alternancia familiar (2005-2009):

La imposibilidad de reelección llevó a Ricardo a ceder el mandato a su primo, Arturo Colombi.

Aquella entrega no representó una transición pacífica, sino el inicio de una guerra intestina donde el aparato estatal se dividió entre dos frentes comandados por la misma estirpe. Aquella contienda no enfrentó modelos filosóficos; fue una guerra abierta por el control de la birome oficial.

El cálculo de la reunificación (2009):

Tras la sangrienta interna y el balotaje entre primos, el «Carpincho» regresó al Ejecutivo provincial amparado en la construcción de Encuentro por Corrientes (ECO). Los mismos sectores que se enfrentaron volvieron a unificarse en torno al oficialismo bajo una consigna clara: preservar el poder provincial por encima de cualquier rencor partidario.

El modelo Valdés y la nueva conducción:

La sucesión ordenada de Gustavo Valdés parecía inaugurar una era de modernización y gestión. No obstante, el esquema reprodujo la misma matriz: la apropiación del partido, la desarticulación de la disidencia interna y la búsqueda del sometimiento total a un mando único.

La cortina de humo y la sombra del patrón
Hoy la escena oficialista intenta levantar una meticulosa cortina de humo:

recurrir a la hiperactividad institucional y a las reformas estatutarias en la Convención Provincial para tapar los indicadores y estadísticas que empiezan a mostrar un flaqueo innegable en la gestión cotidiana. La escasez de respuestas estructurales en áreas sensibles y el desgaste acumulado pretenden disimularse con un discurso de disciplina y orden normativo.

Es en este ecosistema donde la figura del «Carpincho» vuelve a emerger como una amenaza persistente. Quien fuera el mentor de la arquitectura oficialista hoy decide pararse fuera del esquema principal, recordando que en Corrientes los alumnos formados a la sombra del maestro siempre intentan devorarse a su creador. La conducción actual pretende ir por todo, imponiendo una lógica personalista que no tolera disidencias ni cuestionamientos. Bajo la premisa del alineamiento ciego, se busca clausurar el debate mediante el reglamento en la Carta Orgánica, desconociendo que la falta de discusión no garantiza la eternidad: solo acelera el colapso.

¿Un mal necesario o el veneno de la política provincial?

Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿es esta lógica de conducción única y vaciamiento ideológico una garantía de gobernabilidad o una trampa que condena el futuro de la provincia?

La ilusión del orden:
Desde la óptica estrictamente táctica, la concentración del mando y el alineamiento férreo ofrecen una aparente estabilidad. Evitan la atomización del oficialismo, garantizan disciplina legislativa y permiten una rápida respuesta electoral ante una oposición fragmentada. Para la estructura tradicional, el líder único actúa como el gran árbitro capaz de sostener el edificio en pie.
La trampa de la autocomplacencia:
Desde la perspectiva de la salud institucional, la clausura del debate es destructiva. Cuando los partidos se reducen a meras maquinarias de reparto de cargos subordinadas a un solo conductor, se cancela la autocrítica y se bloquea el recambio generacional. Se gobierna mirando hacia adentro de los despachos y no hacia afuera, aislando a los dirigentes de las demandas reales de la sociedad.
Corrientes ya ha transitado estos ciclos de hegemonía sofocante en el pasado. Cuando el poder se encierra en su propia soberbia, cuando la discusión de ideas es reemplazada por el sometimiento al jefe de turno y la política se reduce a un mercadeo de listas, el desgaste deja de ser una amenaza lejana para convertirse en una certeza insoslayable. Pretender que la provincia progrese silenciando las disidencias y sepultando las ideologías bajo la pretensión de una obediencia absoluta es cometer el mismo error que, tarde o temprano, la historia termina facturando.

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